Los 40 años de SAPA

LOS 40 AÑOS DE SAPA

por Alasdair Lean

El año 2007 es oficialmente el cuadragésimo de SAPA, correspondiente al debut de la incipiente banda, en octubre de 1967, en el Salón Suizo (calle Rodríguez Peña) para una festividad de la colectividad irlandesa, ocasión en que tocamos Alec Grant, Fernando Solari, y quien escribe. Había un cuarto integrante, un tambor, Mauricio Contreras, pero no pudo tocar esa vez por no haber un instrumento disponible.

   Claro que todo se inició algo antes: en noviembre o diciembre de 1965, cuando empezó a tomar forma la idea de crear una nueva banda, idea que yo ya venía masticando desde bastante antes de mi retiro, en 1964, de la banda de la Sociedad San Andrés. De pronto pareció, un año después, que estaban dadas las condiciones para la fundación de una nueva banda. No fue exactamente así, pero el creer poder contar con apoyo ya es estímulo suficiente para poner cosas en marcha, por más que los hechos luego resulten otros.

   De todos modos, no deseo duplicar narrativas que, en breve, comenzaré a publicar en la Red, no sé si en mi sitio actual u otro. En dicha publicación pienso incluir abundante documentación fotográfica sobre la infancia de SAPA (sus primeros cinco años).

   Al final de esta primera etapa, me fui del país (enero de 1973) y al poco tiempo SAPA entró en una crisis de acefalía que amenazó con aniquilar a la joven institución. Peligros como éstos están siempre latentes, y son casi inevitables cuando la estructura de poder descansa en un solo individuo que, finalmente, se retira: fórmula perfecta para el desastre. Más aún cuando queda sólo un cacique, pero ningún indio: hay que inventar nuevos indios. Lo cierto es que procuré darle una sólida base democrática a la asociación, pero ni bien me fui hubo toda una puja por el poder.

   Uno aprende con el andar del tiempo. Hay realidades políticas (porque sin duda existe actividad política en cualquier sociedad humana, e incluso también en las de los animales) que uno recién capta tras darse la cabeza contra la pared repetidas veces. Quisiera indagar un poco en el desenvolvimiento cotidiano de las bandas (y otros grupos: de baile, coro, etc.)

   Podemos dividir el panorama general en 3 áreas: 1) la musical— pericia, virtuosismo, etc.; 2) la docente, la formación de nuevos integrantes; y 3) la administrativa. Las tres son importantes pero, de todas, la de menor relevancia política es la primera. ¡Cómo nos engañamos todos en nuestras primeras épocas pensando que el tocar bien da inmediata autoridad! Y ¡cuántos errores se cometen en base a esa falsa percepción! como la debacle por que pasó SAPA en 1973-74.

La docencia. Puedo declarar con toda propiedad que no existe hoy gaitero en la Argentina que no sea alumno mío, o alumno de un alumno, y así en más; o sea que, parafraseando a Jesús, nadie llega al Abuelo sino a través mío. Esto no se debe a ninguna virtud especial, sino a que fui el único tonto dispuesto a enseñar a los nuevos reclutas: ¡El Portador de la Sagrada Antorcha! ¿Porqué "tonto"? Porque en esa época era una actividad que no sólo no brindaba ningún resarcimiento económico (que sería lo de menos), sino que tampoco granjeaba reconocimiento ni agradecimiento, y sí críticas y ataques continuos. Antes de retirarse el "Abuelo," Robert Dunsmore Ross, mi profesor y el iniciador de todo, en 1962, yo había empezado a enseñar, de manera que el traspaso fue suave, sin vacío alguno de ésos tan frecuentes en situaciones similares. Al retirarme yo en 1964, la carrera de postas continuó sin mayores altibajos porque ya había un alumno mío, Paul Jackson, que enseñaba. Pero cuando se fue él a Canadá uno o dos años más tarde, ¡Oh, catástrofe! Nadie se daba cuenta de que, a los miembros que se van, hay que reponerlos; y para eso no existe otra vía que la docencia.

   El segundo gran filón fue Richard Pearson, alumno mío de SAPA. Cuando me fui de ésta y se declaró la crisis, tampoco él había entendido que la enseñanza es insoslayable. Hizo falta tocar fondo para que, prácticamente solo, recompusiera la banda ya inexistente. Fue una época amarga, en que el núcleo de la Asociación era el conjunto de baile. (Incluso el coro original había caducado.)

   Con el cisma que resultó en la tercera banda del país, la Highland Thistle, se produjo una crisis en la Sociedad San Andrés. Ésta me contactó en 1980 (sin que me diera cuenta de que de eso se trataba) para que preparara a un gaitero. Enseñé a uno, otra vez gratis. Oh, sorpresa, resultó ser para reflotar la banda de la Sociedad. No voy a entrar en detalles, pero no fue enteramente de mi agrado, sobre todo después del compromiso verbal contraído— y finalmente traicionado— total, el hijo de la pavota da clases gratuitas para que, después, cada cual haga lo que quiera y, encima, lo embarre. Así es el panorama muchas veces, y no se arregla con ataques adicionales, que lo único que hacen es empeorar el balance. Hay unos cuantos que piensan que si, al que perjudican, encima lo agreden, se arregla todo. Que si negás rotundamente la realidad, ésta se ajusta a tus declaraciones y deja de ser. Lamentablemente— o afortunadamente— esto no es así.

   Algo parecido fue la venta de mi gaita, destinada a SAPA, que jamás llegó a destino: se halla inútil, supongo que colgada en una pared. Pero dejemos ahí el tema.

   Para seguir: el que se ocupó de enseñar en la resuscitación de la banda de la San Andrés no fue ese alumno mío sino Leslie Thompson, alumno de Paul Jackson o de un alumno suyo (¿Alfredo Thompson?)

   Finalmente debo mencionar una veta más en el proceso, producto de la actividad docente de uno de mis alumnos más jóvenes y recientes, Pablito Allen, que está resultando en un cuarto grupo de gaiteros, el de la Scottish Guard. También tuvo sus dolores de parición, pero parece estar alcanzando alguna estabilidad.

Y la tercer área: la administración. Cuando uno es muy joven no repara en que, detrás de todo proyecto, existe alguien que trabaja, ocupándose de los aspectos prácticos: compra de equipo, recaudación de fondos, contaduría, el contacto con terceros que desean la participación del grupo en sus acontecimientos, etc. En SAPA conté con la inestimable colaboración de Alec Grant, alumno mío de gaita, y mi mano derecha en el manejo de la Asociación. ¿Cómo podía funcionar ésta sin aporte tal, sobre todo en vista de mi tendencia a la bohemia? Al final resultó un aporte no apreciado y, gracias al encandilamiento con superficialidades, llevó a la gran hecatombe ya mencionada. Esperemos que se pueda aprender de los errores. No se puede prescindir de quien se ocupa de cosas prácticas entre bambalinas.

   Hoy SAPA— sin duda con un número de tensiones internas, cosa casi inevitable (me siento un Perón cualquiera diciendo esto)— es un sólido contingente en el cuadro general de la gaita escocesa en nuestro país. No puede ignorarse a los muchos que han contribuido a este éxito, pero a lo mejor habría que nombrar en especial a ciertos Átlases que han cargado con la onerosa tarea de conducir sus destinos: Willie MacKenzie, Christine Rasmussen, Anne Walker, Willy Cabrera, Lawrence Towers...

Visitar la Zona Sur del Gran Buenos Aires es como ir a otro país, o talvez a otro planeta. El "Ceilidh" de SAPA el 2 de junio fue una reanudación de viejas relaciones y amistades. Ni bien llegué me saludó con una efusión sin reservas un maravilloso tipo: Raúl Lagarde, de la Scottish Guard. Parecida es siempre la muestra de afecto que recibo de Billy Petty, gran pintor y dibujante, uno de mis antiguos gaiteros de SAPA. Y como broche de oro un primo segundo, hijo de mi prima Norma, Paul Vibart, me festejó como al Hijo Pródigo. Tanto amor. Da gusto así.

Yo pensaba que la única baja que sufrió la nómina de SAPA con los que "se nos fueron" fue Oscar de La Plaza MacHenry, desaparecido a comienzos de 1995. Sin embargo, me enteré en el Ceilidh de que también falleció hace siete meses la hermana de Billy, Liliana Petty, novia mía en los albores de SAPA, una linda persona. "Chuchito," me decía. Tempus irreparábile fúgit.