Historias perrunas I: Mongo


Historias perrunas:

I. MONGO

por Juan Porteño

LO QUE ME propongo es contar algunas historias perrunas, que realmente las hay de lo más interesantes, y voy a empezar con la de mi gran compañero y
amigo, Mongo, de quien ya pronto (principios de 2005) se van a cumplir tres años de su muerte el 2/II/2002, cuando tenía apenas 9, en su más plena y lozana juventud. Fue un bicho del que no estuve separado ni un solo día desde que lo encontré— o, más exacto, me encontró él a mí. Me acompañó a los lugares más lejanos e insólitos. Lo llevaba a todas partes donde podía, e incluso a muchas que no, a tal punto que muchos habrán pensado que yo era algún tipo de excéntrico o fanático (y en esto no estaban del todo errados.)

     Mi hijo, que nació y vive en Europa, y a quien veo sólo esporádicamente, me visitó por seis meses en el año 92. Durante su estadía, una permanente fiesta, le anuncié mi intención de conseguirme un perro, no habiendo tenido uno en muchísimos años. Aparecieron dos o tres abandonados aquí en La Lucila, cosa bastante frecuente, pero por algún motivo no hubo "química"; Y no entiendo porqué pero supe, como por una especie de premonición, que mi perro se iba a llamar Mongo. No fue un nombre arbitrario sino perfectamente cantado.

     La cuestión es que, al cabo de los seis meses, mi hijo partió— 20 de marzo del 93— dejándome una especie de vacío. Cinco días más tarde, un jueves a las 9 y pico de la noche, volvía de trabajar y pasé a un hombre y un gato tomando aire en la vereda. Poca distancia más adelante había un lugar oscuro, lleno de matas, y de pronto sentí que algo me asió del tobillo. Ah, el gato, pensé. Pero no era el gato, sino el más bello cachorro de 4 ó 5 semanas de edad que jamás haya visto. Lo levanté y me lo llevé a casa. (No se me ocurrió hasta mucho tiempo después que podría haber sido del hombre al que vi. Comprobé luego que tenía la tendencia innata de abrazar.)

     Era un mestizo aleonado, bastante peludo y barbudo, con unas preciosas cejas, y grandes, hermosos ojos, al estilo de un terrier irlandés, o un pastor de Brie de tamaño mediano. Pero mucho más lindo: no hay dos como Mongo. Según me informaron, hay muchos de este tipo en el Litoral. Además fue un alfa absoluto: un perro dominante que siempre andaba con la cola erguida, sin miedo, muy pacífico pero bravo cuando hacía falta, y con el tiempo talvez el perro más popular de La Lucila aldea.

     Pero vivo en un departamento. Además, tener de pronto a mi cargo un bicho exigente, después de tanto tiempo sin semejante responsabilidad, me resultó una complicación, pese a que no era nada destructivo, como en general lo son los cachorros; y resolví regalarlo. Fui a varias veterinarias y, dos o tres semanas más tarde me pasaron los datos de una señora que andaba queriendo uno. La llamé y le dije: —Mire, lo ve, y se lo queda, le garantizo. ¿Porqué no pasa a verlo?

     —Sí, voy a pasar, sólo que en este momento no puedo. Podría ser mañana a la mañana.— Y quedamos así. Pero el tema es que en esas pocas semanas Mongo se había hecho parte de mis entrañas. Y recuerdo un pensamiento, una visión clarísima que tuve, en que se me presentó la imagen de sus movimientos, una especie de ondulación al caminar, un cuadro de gracia y alegría y belleza. Chapé el tubo, y le dije a la mujer que lamentablemente lo había repensado y no lo iba a regalar. Reaccionó mal pero mi decisión era inapelable, y de ahí en adelante nunca más pensé en separarme de él.

     Esto significó, entre otras cosas, nueve años de prepararle su menú constante: carne, arroz, sal, a veces algo de cebolla o puerro. Otras verduras o frutas no quería. Tampoco otros cereales. Las únicas veces que comía otras cosas, por ejemplo papas fritas (las compradas) o maníes, era si estábamos en compañía, y alguno le ofrecía. Pero era por compromiso y para ser parte del grupo. Incluso comió aceitunas una que otra vez (por el mismo motivo).

     Lo que nunca comía era alimento balanceado, salvo que fuéramos a alguna casa en que hubiera un perro y encontraba un cuenco con alimento. Ahí se lo mandaba como si nunca recibiera de comer. En una veterinaria una mujer me quiso tomar el pelo, antes habiéndome ofrecido alimento balanceado. Al decirle yo que sólo comía lo que yo le preparaba, ella me habló de un perro que comía carne y se había muerto. La miré con la expresión más severa de que soy capaz (que por algún motivo inexplicable siempre funciona, y las mujeres generalmente no se me acercan— así que tiene también sus desventajas), y le dije de manera contundente que no le iba a comprar balanceado, y San Seacabó. No insistió.

     Como si el milagro del encuentro hubiera sido poco, no sé porqué me vino a la mente que tenía algún parecido a mi padre, un aire, un no sé qué. Yo no creo en la reencarnación; pero mi relación con mi padre, fallecido hace muchos años, no siempre había sido del todo armónica, pese a que fue una buena persona que además me veneraba, pero cometía el frecuente error de mandarse cargadas y aguijoneos. (Tampoco es que yo no haya tenido mis complejidades siendo adolescente). Pienso que acaso podría tratarse más bien de un resarcimiento, un equilibrar y satisfacer cierta dolorosa distorsión existente en el mundo, que Mongo me posibilitaba más que cualquier ser humano. Era tan perfecto en todo sentido que no podía surgir animosidad alguna hacia él— y esto era mutuo. Grande fue mi sorpresa cuando se lo mostré por primera vez a un amigo de toda la vida y me dijo: —Me recuerda a tu padre.— ¡Ahh...!

Siempre le hablé, y entendía todo, al menos las cosas sencillas de las que uno le puede hablar a un perro, cosas que pasan en general a nivel de los sentimientos. A cada tanto iba al viejo bar de La Lucila— la "parada" de Mongo— a tomar unas cervezas con un amigo afuera en la vereda. Me sentaba a esperarlo, y Mongo ya anticipaba su llegada, yendo de aquí para allá a ver si lo divisaba. Los perros, para quien no lo sepa, parecen tener una definición visual hasta sólo 20 ó 30 metros de distancia. En eso se parecen a las criaturas, que no captan imágenes, incluso muy cercanas. Una vez una prima mía, siendo yo muy niño, me dijo: —Fijáte en el suelo. Ahí está el (no recuerdo qué).— Miré y miré el pasto, a escaso metro de distancia, sin verlo, mientras ella iba haciendo círculos cada vez más pequeños con un palo hasta que finalmente apareció el objeto en el centro.

     Entonces yo veía a mi amigo cruzar la calle a una cuadra, y cuando se acercaba un poco más comentaba tranquilamente:

     —Che, Monguito, no sé si habrás notado quién está por llegar.— Y se estremecía de emoción, buscándolo por todas partes sin verlo. De pronto lo reconocía, e iba como tiro a saludarlo con efusión. Los festejos de Mongo eran ilimitadamente alegres y ruidosos, sin reserva de ninguna clase. Eso es lo que tienen de bonito los animales: lo que tienen y dan es con todo el corazón. Ésa es su gran integridad y honradez. En realidad esto es así con toda la naturaleza: todo es al mango, al 100%, un festival de amor e inocencia. Sólo el hombre calcula y mezquina. O el ocasional animal taimado— que también los hay. Como dijo Federico el Grande, Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro.

     Otra bellísima cualidad que manifestaba en grado absoluto era la gratitud. Los perros en general son profundamente agradecidos. En realidad son todos aspectos del amor.

     ¡Cuántas grandes lecciones recibí de Monguito! Era un ejemplo viviente de nobleza. Hay quienes dicen: Es sólo un perro. ¿Sólo? O "Mondo Cane." Ojalá mucha gente tuviera la misma calidad y rectitud. Pienso que la meta es ésa. La nobleza, desprestigiada por los cínicos, es sin embargo una virtud a cultivar. Para un pueblo corrupto es impensable.

Como mencioné, fue un perro muy pacífico, pero en caso de necesidad peleaba. Una vez pasó un ovejero alemán por la parada de Mongo y, no sé porqué— talvez por no rendirle la debida pleitesía— pero se trenzaron, pese a la notable diferencia de tamaño, y Mongo lo volteó. El otro salió despavorido, y todos los parroquianos en el bar dijeron: —¡Cómo se la banca este Mongo!— Sí, la vida del perro es dura. Y se la banca, igual que cualquiera. Y la disfruta como cualquiera.

     Una vez una mujer me advirtió de cierto dogo que había matado a otro perro sin advertencia. —Tenga cuidado que no se le acerque el suyo,— me dijo. Y resulta que, al poco tiempo, Mongo se encuentra con él, y fueron grandes amigos.

     Unos pocos otros, en cambio, le resultaban intolerables y, si llegaban a encontrarse, se peleaban. Y cuando dos perros se enemistan, es para siempre. ¿Quién lo entiende? Supongo que será así con todos los animales. También parecen ser muy sensibles a ciertas cosas. Por ejemplo, no quieren a la gente zaparrastrosa como linyeras, y tampoco a lisiados. En algunos casos es una situación muy incómoda para uno cuando le empiezan a chumbar a un inválido. Es duro, pero es así: son muy críticos de los defectos. En este sentido tienen la crueldad inconciente de los niños. Mismo las perras que tienen cría matan o dejan morir a cualquier cachorro que salga con problemas.

     En cierta ocasión paseaba por Alvear en Martínez con él, y pasamos frente a una heladería. De pronto salió un perro del negocio como chumbo y, sin prolegómenos, se le fue al humo. No sé si le andaría buscando la yugular, pero después le encontré a Mongo una mordedura en la quijada. Fue cuestión de segundos, pero le di un sinnúmero de patadas al otro, tratando de ubicarlas donde más dolieran. Aparecieron unas manos y levantaron al atacante. Era un tipo treintón, bien parecido, que me miró con furia: —¡Te voy a matar!— me dijo. Yo estaba sin aliento, así que no atiné a contestarle, pero después sentí una gran bronca ante tal injusticia. Otra vez salió un gran Weimaraner de una casa y también lo atacó casi instantáneamente. Por fortuna esta vez pude localizarle los testículos, donde le asesté dos patadas bien dadas, y se fue arrastrándose del dolor. La dueña no atinó a decir ni Mu. Una noche salimos a dar una vuelta por el barrio y, una vez más, salió como tiro de una casa una especie de collie que también lo atacó. Esa vez metí las manos y, en la confusión, Mongo me mordió. Doy fe que no supo dónde meterse cuando se dio cuenta. —Está bien, cosita, no lo hiciste queriendo,— le dije. Pero estuvo compungido por largo rato.

     No quería a los gatos, pero les tenía mucho respeto, como se merecen. De muy cachorro entró una noche a investigar un vivero en Belgrano, Kohl y Ulmann, que es un gaterío. Salió aullando con tres prendidos del lomo. Una vez decidí conseguir un gato para hacerle compañía. Lo llevé a la casa de la que regalaba los gatitos, donde había además un casal de siameses. El macho siamés, muy molesto por la presencia de Mongo, repentinamente hizo un movimiento relámpago, arañándole la cara a la dueña y la pierna a mí. Me fui con el gatito y la pierna sangrante. Pero el gato me resultó de lo más insoportable y no lo tuve mucho tiempo. La realidad es que no soy gatero.

     Había un gato en el barrio, todo un personaje. Se les arrimaba a todos los perros, de vez en cuando con consecuencias a veces poco felices para él. También jugaba con Mongo, a quien no le agradaba del todo, pero se las aguantaba.

     Como cazador fue un fracaso total. Tuve hace muchos años otro perro al que sacaba a pasear, y cada noche cazaba una o dos ratas cerca de las vías. También una vez mató a un gato, y me mató cinco cobayos que tenía que, asombrosamente, nunca habían tenido cría. (Sería que estaban aterrorizados del perro.) También cazaba polillas, cucarachas, y cuanto insecto se le cruzara. Mongo, en cambio, sólo cazaba moscas, que parecían irritarlo grandemente.

Casi no tenía defectos. Lo único que no me gustaba era su costumbre, como la de casi todo perro macho, de lamer orina de perra. Después tenía una varanda que no podía ser. Y si la perra estaba en celo, se ponía melancólico, añorando a la querida ausente. Supongo que en el beguén amoroso los olores hacen para los perros lo que la imaginación para nosotros. Pero la melancolía se le quitaba muy fácil dándole una buena lavada de trompa con agua y jabón, y asunto terminado. Cuántas veces.

Escapadas

Dije que no estuvo separado de mí ni un solo día, y esto es cierto. Pero más de una vez se pasó una noche afuera, siempre en pos de amoríos. En una ocasión, no teniendo idea de dónde podría estar, dejé de buscarlo y volví a casa. Que sea lo que sea, pensé. A la mañana siguiente oí un leve gemido afuera de mi puerta. Era Mongo, a quien el encargado había dejado entrar, y estaba dolorido. Seguro que lo habría golpeado algún auto. Entró, y por dos días se quedó casi inmóvil, durmiendo, hasta que una vez más era el alegre cusco de siempre.

Una de sus salidas predilectas era ir al Delta, viajar en bote, y chapucear en el agua, o explorar las islas. ¡Cuántas ocasiones inolvidables pasamos así! Pero finalmente llegó esa noche fatídica en que, por una de esas cosas, encontró raticida tirado en la calle y no tuvo mejor idea que comerlo. Me acuerdo de su expresión como diciéndome, Sí, estoy haciendo algo que no debo, pero no recuerdo el lugar exacto en que pasó. Aparentemente hay un tipo en el barrio, un químico, que se dedica a envenenar perros, al que mucha gente tiene entre ojos (y que se ha ligado una que otra paliza). Pero lo sigue haciendo igual: “Es un tipo loco,” dice la gente. La cuestión es que ya al día siguiente Mongo estaba muy enfermo, con una diarrea sangrienta casi constante. La mañana siguiente estaba inconciente. Yo estaba atravesando una época muy difícil y no tenía un mango. Felizmente cierta persona me refirió a un veterinario de primera clase, relacionado con él: el Dr. Enrique Bañuelos, un profesional de primera, y generalmente muy caro, quien lo atendió gratuitamente durante cinco días de pesadilla, incluso poniendo de su propio bolsillo. Recibí ayuda de mucha gente. Una joven venía todas las mañanas en su auto a llevarnos con el frasco de suero a la veterinaria. Más de una vecina me ayudó con dinero. Pero, pese a que Mongo reaccionó ligeramente una que otra vez, el raticida es un veneno fulminante y finalmente pudo más. Nos fuimos con su cuerpecito y lo enterramos en el jardín de un amigo. Ése fue el fin de Mongo.

     Asombrosamente, al mes murió Bañuelos de un derrame. No era un tipo joven— tendría unos cincuenta largos— pero estaba en la flor de su plenitud. Los perros lo amaban. Les daba besos en la boca— yo lo vi— y los bichos se derretían.

     Cosa curiosa, la muerte. A veces parece tocarles a los que bien se la merecen, digamos; pero otras son los buenos del mundo los que palman intempestivamente. Sin embargo, debido al bajón mío en esa época, siento que lo de Mongo fue un gesto de sacrificio hecho en favor mío, para nada sorprendente, pero sí una pérdida totalmente vana y fútil. ¿Dónde estará ahora? En ninguna parte, salvo mi recuerdo. Quizás todas nuestras experiencias, actuales, pasadas, o futuras no estén en otro lado que nuestra mente. Pero la diferencia es que lo actual es vívido y fuerte, mientras que lo pasado se va diluyendo y esfumando cada vez más.

     Es más: en cierto momento uno se pregunta de qué sirve criar y educar y construir, si finalmente todo termina igual. Muchas veces se hace un sacrificio en producir mejoras, pero en realidad no hay nada que haga falta mejorar, porque en el fondo todo es exactamente como tiene que ser. Éste es el misterio que nos toca dilucidar.


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