Historias Perrunas
II. UN PERRO LLAMADO TANGO
Juan Porteño
LA ENDOGAMIA (q.v.) es el método usado con el ganado para obtener razas puras. Se toma un macho y una hembra que presenten rasgos genéticos deseados y se los aparea. Luego se cruzan los hijos, nietos, y así en más, entre sí, y de esta forma se conservan las características buscadas.
Esto también se ha practicado en ciertos niveles sociales de la sociedad humana, en casos extremos llegando a casarse hermanos, como entre los faraones o los incas; y es posible que así haya resultado una mujer de tan notable belleza como se dice que era Cleopatra. Creo que la única barrera era entre padre e hija (aunque existe más de un caso de esta combinación, si bien clandestina), y madre e hijo. La única excepción a esta regla es el mito de Edipo— que acaso podría tener su origen en un hecho real.
La nobleza y realeza de Europa (y también la aristocracia argentina del siglo XIX— "con olor a bosta," como la describió Sarmiento) también practicaron esta modalidad, que tenía por finalidad no sólo preservar la finura genética sino conservar intacto el patrimonio. Los casamientos en general eran arreglados por los padres, aportando su dote la novia, que se agregaba a la propiedad de su marido, con lo que los latifundios se mantenían indivisos, y siempre en manos de la misma clase. Los Rothschild también se casan entre ellos, y es así como han logrado mantener su prodigiosa fortuna en famille. Y si vamos a pensarlo, muchas veces estos matrimonios no eran menos viables que los de nuestros días, en que el factor central es el supuesto "amor," el beguén romántico.
Con el ganado lo que se hace, una vez obtenida una raza pura, es cruzarla con otra, de donde salen híbridos que muchas veces tienen las mejores características de ambas razas progenitoras. Es así que se dice que la mezcla de razas produce una progenie vigorosa. Pero frecuentemente esto dura apenas una generación. En la siguiente ya desaparecen las ventajas genéticas, y los individuos se van degenerando. (Además, muchos híbridos son estériles. Por ejemplo la mula, cruza de caballo y burro.)
En la sociedad humana la endogamia también ha tenido sus efectos nefastos. La hemofilia que apareció en la realeza europea en el s. XIX es un caso claro. Uno de los afectados por este defecto genético fue el último zarevich, hijo de Nicolás II, que dio lugar al ascendiente de Rasputín, el único que, gracias a sus poderes síquicos, podía paliar los efectos de esta dolencia en el joven Romanov (más tarde asesinado junto a toda su familia por los bolcheviques).
En los perros la endogamia también ha producido sus estragos. El ejemplo más común es la displasia pelviana de la mayoría (si no la totalidad) de los ovejeros alemanes en este país. Esto seguramente es porque descienden todos de un individuo con ese defecto, y se crían nuevas tandas apareando padres con hijas, madres con hijos, hermanos entre sí, etc., toda una mescolanza edípica de proporciones mayores. Hoy en día no son sólo ésos los que muestran esta tacha sino otras razas también. Hay ocasionales Rottweiler que también manifiestan el defecto. Pero la gente insiste en tener perros de raza, que a menudo son animales apocados (aparte de estandarizados, en serie, hoi pollói). La moda actual parece ser tener perros cada vez más enormes y de aspecto más feroz. Lo único que falta es que los dueños se pongan botas militares y lleven látigo al pasear al animal, con que demostrar su alcurnia y reciedumbre. Todo sea por el show.
Es por todo esto que, en general, prefiero perros mestizos— no, sin embargo, esos pobres animalitos contrahechos, con defectos patentes a simple vista. Un buen mestizo puede ser el mejor de los perros.
Hay dos o tres reglas a tener en cuenta al adoptar un perro: 1) que sea cachorro, no mayor de 40 días, y con amplio contacto con seres humanos desde su nacimiento. Si no se produce esta impronta desde el primer momento, más tarde el animal se mantiene arisco hacia las personas. Este problema no puede corregirse más tarde. (Son claves los primeros tres meses de la vida del cachorro); 2) hay que observar bien sus movimientos, si son confiados y decisos, o vacilantes. Descartar el animal de la segunda categoría; 3) la cola debe estar erguida y firme. Descartar todo espécimen que camine con la cola entre las patas, o que tenga aspecto sumiso.
Desde la muerte de Mongo, muchos de mis vecinos han estado ofreciéndome perros a cada tanto. Aparte de que, por el momento al menos, no ando con mayores ansias de tener otro, si llegara a adoptar uno tendría que tener la misma perfección de caracteres que Mongo. Si no, no. Ya he tenido la experiencia de perros y perras con vicios innatos y aprendidos, y para hacerme mala sangre prefiero prescindir.
Tango fue un mestizo, tipo y coloración fox-térrier, pero mucho más grande: un señor perro, caudillo nato, también famoso en la Lucila. Tenía dueña, pero se pasaba la mayoría del tiempo en la calle, sobre todo en las inmediaciones de cierta garita de vigilancia. Lo conocí por primera vez una mañana del año 90, en que iba a trabajar. Desde el primer momento adoptó la costumbre de chumbarme en serio, hasta la aparición de Mongo tres años después, con que cambió todo eso. Pero vamos por partes.
Tango era un personaje: me contó la dueña que iba a las vías de ferrocarril a cazar ratas (cosa que presencié: iba saltando feliz por los durmientes), y después volvía con sus trofeos, depositándolos en la puerta de casa de la dueña, como la ofrenda más valiosa. También era un auténtico Don Juan, que no dejaba desatendida a cuanta perra encontraba.
Al tiempo apareció el "Negrito," que habría de ser su fiel compañero de andanzas y seguidor constante. Y finalmente me llegó Monguito. Una noche, mientras éste todavía era bastante cachorro, salimos a dar una vuelta y, en una pequeña calle lateral, se presentó Tango. No me ladró esta vez, pero se mantuvo en la otra vereda de la estrecha calle. Por las dudas. Me puse de cuclillas y le dije: —Dale, vení... acercáte que no te voy a hacer nada.— Cruzó sin vacilar y él y Mongo se hicieron amigos al instante. Con esto también se terminó el problema de Tango conmigo. (Dije en el último escrito que los perros, cuando se enemistan con alguien o con otro, es para siempre; pero se ve que el tema de Tango en mi caso no era por una cuestión de piel sino, talvez, por miedo. Vaya uno a saber. Incluso después se dejaba acariciar brevemente, aunque no era un perro muy de dejarse tocar.)
Otra noche, no mucho más tarde, nuevamente salí con Mongo y, en la misma esquina en que se había hecho amigo de Tango, apareció un gran bóxer, evidentemente el patotero del barrio, con actitudes no del todo amistosas. Era una situación ríspida, y yo ya me aprestaba a entrar en acción si la cosa se ponía fea cuando ¿quién aparecería dando vuelta la otra esquina al galope, tararán tararán, como la caballería en las cintas de comboy (como decíase antaño), sino Tango con el Negrito. El bóxer dio media vuelta, saliendo como chiquetazo para su wing, y nunca más jorobó. Se veía que ya había tenido que ver con Tango, y le tenía el respeto que se merecía.
Otra vez encontramos a Tango y el Negrito en pleno cortejo de una perrita. Pobre— estoy seguro de que no estaba en celo, pero no la dejaban en paz en su insistencia, turnándose para ver quién se iba a quedar con el premio. Monguito se metió también en el yeite, y me quedé un buen rato observando. (A mi perro nunca lo dejaba solo en la calle). La perrita no quería saber, pero contra tan decisa acometida finalmente tuvo que ceder. Fue el Negrito que triunfó. Como es típico, el acto en sí duró un escaso par de segundos, y después la larga espera. Ya para esto me había cansado de estar parado ahí, pareciendo alentador del suceso, así que le puse la traílla a Mongo y me lo llevé pese a su renuencia.
El fin de Tango, que causó gran indignación entre la gente, fue violento. Al tipo de la vigilancia le habían regalado un Dóbermann y, si bien lo tenía encadenado, se trenzó un día con Tango, quien seguramente se habrá batido con él por una cuestión de territorio— ¡si le habían arrebatado su parada! La cuestión, que el otro le pegó una mordida en el cuello, atravesándole la yugular. Después, al echarle yo en cara al tipo de la garita el desacierto que cometió, me dijo: —Y bueno, es así. Tango está finado. Al otro lo maté en castigo.— Ignoro si habrá sido cierto, pero me quedé pensando en la absurdidad de ejecutar un perro, salvo que sea un peligro para las personas. Hay quienes dicen que es porque, una vez que le toman el gusto a la sangre, eso les queda para siempre. Puede ser. Pero el desatino fue del tipo de la vigilancia, no del perro, que seguramente o tenía que matar o morir, al estar encadenado en el lugar. De todos modos, ése fue el fin del ilustre Tango.
* * *
Me llegó una respuesta al último escrito (Historias perrunas I):
Y me estas haciendo llorar con tu homenaje a Mongo. Te aclaro que lo voy leyendo despacio y de a poco porque me llega al alma y no sè si ir llorando de a poco o todo de golpe. Elegì de a poco. Yo sè perfectamente lo que es extrañar a tu perro hasta que te duele horrores. Lo echas de menos y no encontras consuelo con nada. Me paso cuando se murio mi perra en 1997. Siempre tuve perro, pero ella fuè especial por su manera de ser y porque naciò en casa y la criè yo. Nos entendìamos las dos tan bien!!! Me gustarìa poder rendirle un homenaje tan bueno como el que le hiciste a Mongo, pero no puedo. Por supuesto que lo merece, pero no tengo tu facilidad para expresarlo tan bien. Tengo sus cenizas enterradas en mi jardincito en Pilar y me consuela un poco pensar que a ella le gusta estar alli, y que sabe que no la olvidamos.
Cuando pueda ir terminando de leer acerca de Mongo te comento mas, porque veo que merece que se hable de el. Por ahora es casi como si lo hubiera conocido. Te mando un saludo afectuoso,
PD
Contesto: Este mísero siervo, inmerecedor de las ponderaciones recibidas, agradece igualmente las opiniones vertidas.
Y sí, es cierto lo de los perros (u otros bichos). Catulo compuso un poema al morir el gorrión a su amada:
Pásser mórtuus est meae puellae,
pásser deliciae meae puellae,
quem plus illa óculis súis amábat,
nam mellitus érat suámque nórat
ípsam tam bene quam puella mátrem.
Nec sese a gremis illius movébat,
sed circumsiliens modo huc modo ílluc
ad sólam dóminam usque pipilábat.
Qui nunc it per íter tenebricósum
ílluc, unde négant redire quémquam.
¡O, fáctum male, vae miselle pásser!
Túa nunc ópera meae puellae
flendo turgíduli rúbent ocelli.
"El gorrión de mi querida está muerto, gorrión deleite de mi querida, al que amaba más que sus propios ojos; pues era dulce como la miel y conocía a su ama tan bien como una niña a su madre; y no abandonaba su regazo sino que, saltando ora aquí, ora allí, le piaba sólo a su dueña. Ahora transita ese tenebroso camino de donde niegan que alguno vuelva. ¡O hecho cruel! ¡Ah, pobre pajarito! Es por obra tuya que los ojuelos de mi amada están hinchados y enrojecidos de llorar."
Muchas veces es más dolorosa la muerte de un animal que la de una persona. Pero lo que más duele de todo es el desamor. Y eso hay que subsanarlo en vida.
Traducciones de: castellano - inglés - alemán - francés
a: castellano o inglés
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