Historias perrunas III


Historias perrunas III - Varias y...:

Retomando la milonga

por Juan Porteño

MORO


Había un mestizo negro en Olivos llamado Moro. En general estaba adentro de su jardín, pero a cada tanto lo soltaban a la calle y, si uno pasaba por su cuadra con otro perro, tenía una actitud medio patotera.

   Una vez venía acercándome con Mongo, y lo vi a Moro dormitando en el medio de la calle. Decidí prevenir eventuales dificultades y, con un horrible grito y fuerte estruendo de zapatos en el pavimento, corrí hacia él. Sobresaltado, Moro salió de su adormecimiento y huyó espantado.

   Pero la vez siguiente que pasamos, ya no estando desprevenido se me acercó con una expresión de gran viveza, como diciendo, No te hagás el loco conmigo, que la tengo más que clara.

LA DAMA Y EL VAGABUNDO

Cierta familia tenía una perra salchicha de rancio pedigrí más largo que mi brazo; y a cada tanto le procuraban los mejores galanes para que tuviera cría, pero el plan siempre fracasaba: la perra por nada del mundo se dejaba servir. En lugar de eso, cavó túneles por debajo del cerco para encontrarse con su único amor, un perro de raza Kwalunke, un pequeño atorrante del barrio, con el que sí tuvo crías, rompiendo así el pedigrí para desmayo de sus dueños. Pero así es el amor... impredecible e imprescriptible.

   En realidad los dueños cometieron un error muy común, que frecuentemente resulta en fracasos: la perra, igual que la mujer, debe ir a la casa del macho, no al revés. La mujer es dueña en su casa, y es por eso que el macho debe tener su propio cotorro al que invitarla si quiere buenas posibilidades de tallar. Sin embargo, en el caso de esta perrita es muy probable que, incluso si la hubieran llevado a lo de alguno de los varios candidatos elegidos habría sido igual, porque la cosa era con su rufián predilecto. Pasa a menudo entre las personas, y pasa con los perros.

PADRE DE FAMILIA

Hubo un perrito muy mentado en La Lucila. Sus dueños se asombraban porque a cada tanto se escapaba, y no volvía a aparecer durante meses. Por años se preguntaron cuál podría ser la explicación hasta que un día, de pura casualidad, el perro fue avistado. ¿Dónde estaba? En un terreno baldío (de los hoy que ya existen bien pocos en la zona, gracias a la locura del cemento y los impuestos de los políticos que manejan el municipio) junto a su amada y su más reciente progenie, ya bastante crecida, a los que protegía mucho tiempo más de lo que generalmente se cree de los animales. ¿Quién dice que el macho se da el gusto y enseguida desaparece, dejándole todo el resto del fardo a la hembra?

   Los parroquianos de La Lucila recuerdan historias como ésta.

* * *

VUELTA A LA MILONGA

Después de casi un año de ausencia, y cediendo a la insistencia de un amigo, volví a incurrir en mis hábitos milongueros de sábado a la noche, tan cultivados en un pasado cercano. Esta vez decidí sólo mirar, por estar fuera de entrenamiento; además en cuanto baile el tango me sigue siendo un enigma, a diferencia de la milonga, que siempre me resultó más fácil (y por ahí prefiero).

   Fuimos a una milonga al aire libre, con amplias vías de escape en caso de prender bengalas fuego a la vegetación circundante. Después del reciente incendio de una disco, muchos locales están clausurados (los políticos justificando su existencia con medidas a posteriori— típico). Tuve el gran agrado de volver a encontrarme con una joven amiga, también milonguera, que tiene sus rachas de eufórico entusiasmo entremezcladas con otras de alejamiento. Fue, eso sí, con una amiga, en quien se notaban largos años cursados en la Facultad de Sicopatía.

   Para romper la paciencia estuvo presente una banda de jazz: 2 saxos, guitarra y bajo eléctricos, batería. Se pusieron a afinar mientras se bailaba tango, por lo que más de uno habrá tenido ganas de tirarles algo— me incluyo. Su vocero justificó su presencia, alegando que todas las manifestaciones de cultura valen, y que en una milonga no hay porqué limitarse a música típica. ¡Enfin! Según ese criterio, a una ópera podrían matizarla con un poco de cumbia. Después tuvieron el tupé de sugerir que los presentes aportáramos a la gorra traída al efecto. No.

   Yo no sé qué tiene la gente en el bocho. Hay algo incontrovertible: la música "típica" es una de las pocas manifestaciones auténticas y autóctonas de la Argentina (junto al folklore, para el que le guste). El resto en gran parte es blef. Truchada. Rock argentino. Reggae argentino. Rap argentino... Yo digo: que haya un poco de integridad. El tango y la milonga son una de las cosas respetables, no copiadas, que tenemos. Que no se manoseen. Esto no implica negar las excelencias del jazz, una música internacional que tiene su mérito y lugar— pero en su lugar. Si la gente va a la milonga es porque es eso lo que quiere. En esto debemos incluir a los extranjeros que se arriman a estas partes, a quienes les interesa lo que es propiamente nuestro, no lo que pueden encontrar en prácticamente cualquier lugar del mundo. (En última instancia la falta de criterio es de los organizadores).

   Y basta de saxos, que nos tienen un poco hartos. Cada hijo de vecino toca saxo. Hay otros instrumentos ¿sabían?


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Juan Porteño